“Ahora me encanta poder darme el lujo de elegir con qué anunciantes y causas quiero trabajar…”, Ana María Olabuenaga

¡Aquí está Ana María Olabuenaga p’al que quiera algo con ella!

Ya vino de donde andaba: no estaba muerta, andaba de parranda. A cinco años de haberse retirado a sus actividades personales la emperatriz del impacto efímero platica con El Publicista.

En 2002 Ana María Olabuenaga Marín recibió la encomienda de resucitar un muerto. O acabarlo de enterrar llegado el caso. Maurice Lévy, presidente del Grupo Publicis a nivel mundial, encargó a nuestra amiga la que había sido, en sus años de gloria Noble y Asociados y que, para apoyarse al dicho de borrón y cuenta nueva, cambió su nombre por Olabuenaga Chemistri. O sea que, para motivarla aún más, el corporativo hasta la hizo su socia.

Y a lo que te truje, chencha.

Tres años después, en 2015, Ana María y su esposo Jorge Cuchí, le vendieron al grupo su participación en una agencia que era ya la más importante de México y también la más exitosa de ese grupo a nivel mundial. Todo a base de trabajo y creatividad.

¿Y qué pasó?

Nadie supo, nadie sabe. Pasaron cinco años en los que, solo de vez en cuando, sabíamos algo de nuestra amiga: cuando nos encontrábamos a Jorge, su marido, en algún evento y le preguntábamos por ella, él solo nos respondía “está estudiando”. Sabíamos algo más de ella gracias a su columna de todos los lunes en el diario Milenio. Y sanseacabó.

El regreso, si así se le puede decir, de Ana María Olabuenaga a la vida pública empezó a darse a mediados del 2019, con la aparición de su libro “Los Linchamientos Digitales”, que por cierto es magnífico.

De entonces para acá movimos mar y tierra para poder entrevistarla. Luchamos durante meses hasta que, gracias a la invaluable ayuda de nuestro mutuo amigo Simón Bross, lo logramos empezando septiembre de 2020. A como es ella de platicadora, solo tuvimos que hacerle una breve pregunta:

-“¿Qué pues’n…?”, como dicen los norteños.

“Yo siempre había querido seguir estudiando, pero no lo había podido hacer por falta de tiempo. Así que, después de tomar unas merecidas vacaciones, me entró la inquietud de regresar a las aulas, me inscribí en la Universidad Iberoamericana para tomar una maestría. Y ahí me encontré con Pedro Padierna, quien había sido mi cliente en Pepsi, quien me pidió que le ayudara al Patronato en todo lo que fuera comunicación. Y por ahí me seguí: estudiando y trabajando. Ahora ya me hicieron senadora, que es una especie de consejería de la rectoría, a quienes asesoro en mercadotecnia y comunicación. Y he seguido estudiando: saqué primero la maestría en redes sociales y ahora ya voy a la mitad de un doctorado de lo mismo.

El libro que escribí y que titulé “Los Linchamientos Digitales” fue precisamente mi tesis para esa maestría. Se publicó a mediados de 2019 y se ha vendido bastante bien”, nos comenta Ana María.

Al punto, a nosotros, que ya leímos la obra en cuestión, hay dos parte de ella que nos sobrecogieron de sobremanera. La primera, es la descripción que la autora hace de la secuencia del linchamiento de Boris Karloff, en el papel de Frankenstein, en la película, del mismo nombre en blanco y negro, aterrador blanco y negro: al atardecer, la multitud enfurecida, llevando sendas antorchas en la mano, camina hacia donde el monstruo se refugia, en un antiguo molino de viento. La furia de la masa nos deja sin habla.

La otra parte horripilante dentro de “Los Linchamientos Digitales”, es la narración histórica, que Olabuenaga hace, sobre cómo la masa digital acabó, sin la más mínima piedad, con Marcelino Perelló, uno de los grandes intelectuales de México.

“Pienso que en eso de las redes digitales nos falta aún mucho que aprender: es un fenómeno social y antropológico en el que se necesita mucha alfabetización, porque continúa creciendo de forma exponencial: en todo el mundo cada 15 segundos alguien nuevo se conecta a la red. Y ahora con la pandemia la cosa está creciendo aún más. El problema es que, cuando se da un linchamiento, el acusado, (por decirle de alguna manera), está indefenso y la masa es cruel y agresiva con él, no se le tiene ni la más mínima compasión.

Hay mucho que aprender y mucha tela de dónde cortar en ese fenómeno”, nos platica Ana María y continúa:

“Como te dijera en un principio, ahora reparto mi tiempo entre el estudio y la consultoría en mercadotecnia y comunicación para diversos clientes y causas. Los partidos políticos me buscan mucho y me llaman también bastante para causas femeninas.

A lo largo de mis 30 años de quehacer profesional he trabajado prácticamente para todos los grandes anunciantes de México y ahora me doy el lujo de elegirlos yo. Eso es algo que me encanta: el escoger a los clientes y a los equipos con los que me gustaría trabajar me produce una gran satisfacción”, concluye Ana María.

Y nosotros, para concluir también, le hacemos la pregunta de los 64 mil a nuestra amiga:

-¿Y de todas las marcas para las que has trabajado, de cuál guardas el mejor recuerdo… cuál crees que haya sido el mejor?-

“Son dos, desde luego El Palacio de Hierro por todo lo que ese almacén, ese nombre y ese todo significan. Y el otro, que vendría siendo todo lo contrario, es Mamá Lucha, por todo su realismo y cotidianeidad”, termina Ana María.

***Entrevistas como ésta solo pueden hacerse en El Publicista y son la más clara muestra de nuestra entrega al servicio del gremio publicitario mexicano.*** 

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