Convocamos a la comunidad publicitaria de México a NO leer el Multipress: se trata de un despojo.

Armando Villaseñor Cabral fue todo un personaje durante la segunda mitad del siglo pasado y principios de esta. Auténtico pionero del periodismo publicitario, escribió sobre el tema prácticamente en todos los principales diarios de la CDMX hasta que, a mediados de los noventas, inició la publicación de Multipress, que llegó a ser un periódico completo, de hecho.

Aunque siempre su fuerte fue la publicidad: ahí la opinión de Armando era muy influyente e incluso poderosa. Sobre todo porque, además, el Sr. Villaseñor tenía un estilo, para escribir, muy propio y divertido. Sus amigos nunca nos explicamos del todo los continuos apuros económicos de Armando: porque, haciendo cuentas, vendía bastante publicidad a las empresas grandes.

Así pasó el tiempo hasta que, en marzo de 2019, Armando Villaseñor entregó su alma al creador: falleció víctima de un infarto y todos le lloramos mucho. Le sobrevivieron dos hijas quienes, en su momento, pidieron respeto para su duelo.

¿Y el Multipress…? Hubo no pocos interesados en él, ya que se trataba de un medio bastante acreditado e incluso influyente, con un listado de más de cinco mil datos, la mayoría del más alto nivel en el mundo de los negocios en México. Pero las hijas de Armando, Diana y Sandra Villaseñor no volvieron a decir nunca más nada.

Así las cosas, en marzo de 2020, justo cuando iniciaba la cuarentena y a un año después de la muerte de su dueño y fundador, Armando Villaseñor, el Multipress volvió a reactivarse: alguien lo rediseño de pe a pa y subió a él información bastante equis. Yo diría que hasta irrelevante. Se ve que su actualización no es constante: en un mes añadieron a su contenido publicitario sólo una nueva noticia. Una nomás.

Y la mayoría de su contenido data de marzo de 2020. Por lo que la pregunta o preguntas obligadas son: ¿quién lo está haciendo… con qué criterio… con qué propósito?

Preguntando aquí y allá, porque no fue fácil, El Publicista tardó dos que tres semanas en averiguar la verdad, pero aquí está ya: como muchos otros periodistas de su edad, Armando siempre necesitó de alguien más, de un pequeño equipo de diseñadores digitales, a los que les pasaba la información, ya escrita a máquina, para que la formatearan.

De ahí que nuestro amigo anduviera siempre con el Jesús en la boca, apresurando a los maleantes para subir los contenidos. Y ellos, como buenos mañosos, se hacían del rogar hasta que el Sr. Villaseñor les brillaba una lana. Dinero que, hay que decirlo, nunca era suficiente porque nuestro amigo era un desordenado con los recursos y siempre les quedaba a deber algo. Insisto: algo.

Quienes conocen la historia destacan que ese algo fue una cantidad regular, más bien chica, no muy grande, que nuestro colega ya no pudo cubrir porque lo sorprendió la muerte. Y así, al transcurrir un año y vencerse el derecho de dominio, los ahora propietarios lo registraron a su nombre y se lanzaron, con absoluta irresponsabilidad a rehacer el Multipress. Lo cual es un robo, un abuso de confianza y un descarado despojo.

Es como si yo llegara con las hijas de Armando y les dijera:
-¿Saben…? -Antes de morir, yo le presté a tu papá 500 pesos. Y como ahora ya no puede pagarme porque ya falleció, ahora yo, para cobrarme a lo chino me quedo con aquel auto, último modelo y de lujo, que tu señor padre guardaba en mi garaje. Lo caído, caído y háganle como puedan-

Se trata, como ya señalamos, del más burdo de los despojos. Y no se puede hacer nada porque ya sabemos que en mundo digital el que paga manda y quien paga por el sitio es el dueño.
Pero todo se paga en esta vida.

Como ya señalamos, los flamantes propietarios del nuevo Multipress no tienen ni idea de la bronca en que se metieron, su información es malísima, sin ningún interés. En pocas palabras vale madres. Eldiseño no vale de nada cuando no hay contenido.Tarde o temprano van a tronar.

Nosotros sólo queremos pedirle al gremio, por su recuerdo y por respeto a Armando Villaseñor, que NO lean el Multipress. Porque no vale la pena. Y no se vale que alguien manche el recuerdo de alguien tan querido con una porquería de remedo.

Que además, insisto, es un robo.

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