Nuestro amigo David Ross es, a no dudarlo, el fotógrafo de las estrellas y de los presidentes: en toda la historia reciente de la política mexicana nadie, como él, ha retratado a tantos y tantos diputados, senadores, gobernadores y hasta presidentes de la república, que fueron en su momento candidatos, pero que la lente de David convirtió en gobernantes al descubrir en ellos “el poder de la expresión”.

De ahí que nos parezca totalmente inapropiado y desleal el que, ahora, surjan competidores que traten de abrirse camino criticando al maestro: porque, con lo que el Sr. Ross hace, sucede lo mismo que con el vino. Mientras más años de experiencia acumulada, mejor.

David Ross es la prueba viviente de que el cerebro, mientras más se usa, mejor. Y David lleva usando el suyo décadas y lustros de éxitos tras éxitos. Y con otra: el nuevo socio de David en su estudio es el joven Jorge Limón, que ha llegado a incorporar la frescura de la juventud al diario quehacer de quien más sabe de retrato en este país. Y no nos metamos en discusiones estériles, por favor: lo que David Ross hace se aprecia en el lienzo. Y punto.