El 30 de marzo es el Día Nacional del Lápiz; una ocasión para reflexionar sobre un objeto cotidiano que sigue siendo la herramienta básica indispensable de la comunicación humana, la creatividad y el aprendizaje a pesar de todos nuestros avances técnicos, digitales y virtuales. Millones de ellos se venden alrededor del mundo cada año.

El Diccionario de Inglés de Oxford define un lápiz como “Un instrumento para escribir o dibujar, que consiste en una varilla delgada de grafito o una sustancia similar encerrado en una pieza de madera larga o fija en una caja cilíndrica”.

Pequeñas notas, grandes obras

Los niños en la escuela usan lápices para escribir sus primeras letras. Se utilizan para diseñar casas y colecciones de moda, anotar noticias y escribir novelas de gran éxito. Se dice que el autor del Premio Nobel de Literatura John Steinbeck utilizó hasta 60 lápices diferentes al día y gastó nada menos que 300 escribiendo su novela “Al Este del Edén”.

Desde que se desarrolló por primera vez, en el siglo XVI, el lápiz “de plomo”, llamado así porque el grafito brillante que contenía fue confundido con mineral de plomo, ha inspirado a innumerables artistas una y otra vez, convirtiéndolos en fans de este utensilio aparentemente mundano.

Vincent van Gogh, por ejemplo, el hombre que allanó el camino para la pintura moderna, insistió en utilizar únicamente lápices Faber (ahora Faber-Castell).

La leyenda dice que la primera palabra del precoz artista Pablo Picasso fue “piz”: una abreviatura infantil de “lápiz”.

Tras el ataque de los terroristas islamistas a las oficinas de la revista satírica francesa Charlie Hebdo en enero de 2015, se hizo evidente cuán estrechamente está asociado el instrumento de madera, que suele medir 17 centímetros de largo y 7 milímetros de grosor, con la creatividad humana: Miles de carteles, portadas y medios de comunicación social portaban imágenes de lápices – a veces rotos, pero siempre orgullosos – como el símbolo universal de la libertad de expresión artística y la palabra escrita.

Pionero productor de lápices: Lothar von Faber

Una varita mágica para todos, un “dispositivo para zares y carpinteros”: el lápiz fue capaz de conquistar el mundo en el siglo pasado gracias principalmente al espíritu pionero técnico y comercial de un empresario alemán: Lothar von Faber (1817-1896), que convirtió su negocio familiar en Spitzgarten, Baviera, en una marca global.

Cuando von Faber, a la edad de 22 años, se hizo cargo de la empresa familiar en la cuarta generación, los mejores lápices -una mercancía cara y rara- se fabricaban todavía en el extranjero, mientras que los de la zona de Núremberg eran considerados de calidad inferior. Eso estaba a punto de cambiar con la ayuda de mejoras cualitativas decisivas, a través de la apertura de la producción internacional, los canales de ventas y el desarrollo de una marca con una excelente reputación.

Hoy en día, la responsabilidad laboral, social y medioambiental es parte tanto del ADN de Faber-Castell como de su pasión por el desarrollo técnico y económico. Con una producción de lápices de alrededor de dos mil millones por año, la empresa es el mayor fabricante de lápices en el mundo.