El triste y solitario final de Marcelino Perelló

Yo lo conocí como líder estudiantil del movimiento del 68. Era brillante. Inteligente y gran orador, convencía a cualquiera porque era un ferviente convencido de sus ideas. Lástima que, cuando el movimiento del 68 terminó, Marcelino Perelló se perdiera en la lucha por la vida. Le pasó lo mismo que a Lawrence de Arabia y al Che Guevara, quienes no supieron concretar sus ideales en cosas materiales.

Supe que Marcelino se dedicó a ser intelectual de tiempo completo y que vivió escribiendo y dando clases de aquí a allá. Hasta que hace algunos días Ana María Olabuenaga platicó su tristísima historia. Resulta que el Sr. Parelló, tenía un programa que solo escuchaban cuatro personas. Y eso a veces. Porque pasaba en Radio UNAM, a eso de las 11 de la noche de un día entre semana. Ahí, un mal día, se armó una discusión como resultado de aquel intento de violación al que Los Porkys le hicieron a una niña de Veracruz.

La cuestión era: ¿fue o no violación? Porque, al parecer, los felones solo le metieron los dedos a la víctima. Y Marcelino dijo “sin verga no hay violación”. Y se siguió hablando con el lenguaje florido que Perelló acostumbraba. No hubiera pasado nada si no fuera porque a alguien, una mujer cuyo nombre está perfectamente identificado, grabó la conversación al aire y la subió a la red pidiendo que la sociedad crucificara al otrora líder estudiantil. Y así fue. La gente se lo acabó porque las redes son en especial muy susceptibles a la violencia de género.

Marcelino tuvo que renunciar a Radio UNAM y a sus otros trabajitos, con lo que se hundió en la depresión.

Muchos años antes, cuando él era un niño, sufrió un accidente que lo obligó a usar de por vida una prótesis de metal que le causaba dolorosas llagas en la piel y que él tenía que atenderse de forma constante. Al caer en depresión Marcelino dejó de atenderse, las llagas se le infectaron y murió de septicemia. Vivía solo y triste en un cuartito.

Las redes sociales lo lincharon. Al igual que a Armando Vega Gil.

Tiene que haber un remedio para tanta injusticia.

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