La senadora Citlali Hernández y su rebaño de obesas de Morena no tienen boca con qué criticar a la comida chatarra

Por favor, antes de acusarme de irrespetuoso, les suplico a mis sufridos lectores que le echen un ojito: la señora es una de esas gordas que hay que retratar con ojo de pescado porque no cabe en un lente normal. Y, por lo que se ve, es alta. Así, a ojo de buen cubero, no exagero al calcularle un peso por arriba de los 120 kilos. Y puede que hasta 150. Es, de acuerdo a un diagnóstico médico preliminar, de esas que nació para ser gorda. Corrijo: no es que haya nacido obesa: los malos hábitos alimenticios de su mamá la hicieron niña obesa. Por lo que se ve se adivina que, de pequeña, al regresar de la escuela se sentaba a ver la TV mientras devoraba frituras, dulces, pasteles y refrescos.

Seguramente, en su casa se careció por entero de una educación alimentaria que el gobierno debió de haber provisto desde la escuela primaria. Doña Citla es la muestra de un universo, las actuales mujeres mexicanas en política por demás representativa: la mayoría de ellas perdieron no solo la cintura, sino toda su forma, porque no comen, tragan.

Así, por ese estilo está Norma Eréndira Sandoval; Rosario Piedra Ibarra; Layda Sansores y muchas otras. De hecho, como muestra, están por arriba del promedio nacional, que es un 60% de gordas VS apenas un 40% “normales”. Eso explica porque, en lugar de aceptarse como tragonas compulsivas desde niñas, le echan la culpa a su falta de educación: no se ponen a pensar que así, maleducadas, las hicieron sus mamás y sus familias. Con lo que, una vez más, viene a refrendarse la estrategia, por demás hueca de Morena y de ya saben ustedes quien: es más fácil echarle la culpa a los demás, que atacar al problema de raíz ya que, hacer esto último requiere de educación e inteligencia… ¡ay gordas como abundan!

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