La verdad histórica, de cuando fue jefe de Gobierno en el D.F., demuestra como López Obrador toleró a la mafia en el poder

A lo hecho pecho y a lo dado, dado.

Cualquier candidato a la presidencia puede ahora prometernos el oro y el moro, pero a cualquiera de ellos lo podemos juzgar por sus hechos pasados. Como AMLO, por ejemplo, que se la ha pasado hablando mal de “la mafia en el poder” pero que, cuando fue gobernador de la CDMX, no hizo nada para combatir a esa caterva de asesinos y ladrones. Más bien se hizo de la vista gorda. La historia así lo comprueba con hechos fehacientes y concretos.

Hela aquí:

En su libro “La Biografía NO Autorizada de AMLO”, del periodista Francisco Cruz Jiménez, que Editorial Planeta Mexicana publicó en el 2012, se narra la historia, con lujos y detalles, de “La Hermandad” de la policía capitalina.

La Hermandad nació durante la década de los sesentas del siglo pasado, bajo la presidencia de Gustavo Díaz Ordaz. Se trata de una auténtica mafia, fundada por los altos mandos de la policía, especializada en extorsionar y robar a los policías de a pie, a quienes La Hermandad pide dinero de todo y por todo: por darles uniformes; por brindarles armamento, (las balas se las venden); por permisos para faltar; por las vacaciones; por todo. Incluso el policía raso tiene que dar, por lo bajito, parte de su sueldo a su oficial inmediato superior.

Los jefes fundadores de La Hermandad, fueron Daniel Gutiérrez Santos y David Romero (a) “El Veneno”, ambos intocables. Pero la obra en cuestión abunda en otros nombres de maleantes, a cuál más de materialistas, crueles y despiadados, de todos los cuales tuvo conocimiento Andrés Manuel López Obrador cuando fue jefe de Gobierno del DF: solo que AMLO estaba demasiado ocupado luchando por llegar a ser presidente y no tocó a La Hermandad ni siquiera con el pétalo de una rosa. Y ellos siguieron haciendo de las suyas. Poquito antes de que AMLO llegara a jefatura del gobierno de la CDMX, se consumó el fraude de la construcción de casas habitación para el gremio policiaco, cuyo valor se les empezó a cobrar a los interesados 4 años antes… y, llegado el momento, sólo se les entregó la obra negra: “casas” sin acabados, sin pisos, sin pintura, sin puertas e incluso sin muebles de baño. Casas, todas, que “el beneficiario” ya había cubierto. Según consta en actas, de todas esas tropelías y muchas más estuvo perfectamente enterado López Obrador porque así se lo hicieron saber, por cierto, Leonel Godoy, Marcelo Ebrad y Joel Ortega. Y AMLO no hizo absolutamente nada.

No hizo nada porque, demasiado ocupado y preocupado por llegar a ser presidente, intuyó que La Hermandad podría convertirse en un problema mayúsculo y prefirió rodearlo y dejarlo como estaba. Antes del bienestar del país pensó en el suyo propio… y nos condenó, a todos, al infierno de la inseguridad que estamos viviendo. López Obrador no tuvo la visión para imaginar que, al acabárseles el negocio de la extorsión a sus subalternos por el limitado número de reclutas de la corporación, La Hermandad se iría sobre los delincuentes, de quienes ahora recibe una paga, o “moche” por dejarlos “trabajar”.

Así, hoy, cuando un ratero o asesino es capturado por la policía capitalina –y en general de todo el país- solo comparte su botín con la policía y nunca va a prisión. México se ha convertido, así, en un estado delictivo, donde los delincuentes pueden actuar en total impunidad sin que se les moleste. Y AMLO lo supo, lo sabe, y siempre lo sabrá. Lo prefirió al interés colectivo. Vivimos en un infierno donde a diario hay ejemplos de ello: de tres o cuatro años para acá, todos los días son asaltados uno o varios autobuses del transporte público, en la capital, por ladrones con pistola en mano, desvalijan a los pasajeros de sus escasos valores. Y si alguien se resiste, lo matan. A diario hay muertos.

Son asaltos a unidades con rutas establecidas por lo que sería muy fácil poner en cada vehículo uno o dos guardias armados, de incógnito, listos a disparar contra los malechores, (porque estos son despiadados). Con una acción así, intensiva, en menos de un mes se acababa con la modalidad. ¿Porqué no se hace? Porque, repito, los ladrones pagan una cuota para que la policía no haga nada y los “deje trabajar”. No importan los muertos: a La Hermandad hay que darle su dinero. Y eso AMLO lo supo y lo sabe: nos condenó al infierno. Porque primero él y luego él.

Otro ejemplo: a la hora de escribir esta nota, todos los diarios de México señalan lo peligrosas que se han vuelto las carreteras y las vías ferroviarias del país. Los ladrones asaltan los vehículos de carga y saquean contenedores enteros auxiliados por costosos transportes de alta tecnología. Y la policía no hace nada: incluso se hace de la vista gorda afirmando que “no pasa nada”.

¿Qué motivó a López Obrador a actuar con tanta venalidad, cualquiera pensaría que incluso hasta de manera corrupta, cuando tuvo las posibilidades de cubrirse de gloria acabando con La Hermandad y no lo hizo?

Obviamente la ambición política… que a la larga se convirtió en intereses económicos. Y que destruyeron al país y a la sociedad. Otro ejemplo infame de lo que es La Hermandad, mencionado en el libro arriba citado y ante el cual AMLO adoptó total indiferencia, es el de Esperanza Epigmenia Galicia Carrillo (a) “La Generala” o “La Jefa”, quien en la época de Ramón Mota Sánchez se convirtió en la primera y única mujer en llegar a una jefatura de sector.

Y aprovechó su cercanía, (léase amasiato), con otro de los jefes, Rodimiro Pérez Rodríguez para alcanzar una superintendencia. Durante años y tenebrosos días fue “La dueña” del Agrupamiento Femenil que aprovechó de lo lindo y bonito para su propio beneficio. Ahí acuñó una infame frase que la hizo legendaria: “ninguna mujer bonita en la policía”. Esto es, no podía trabajar ahí nadie que fuera más bonita y atractiva que ella porque la corría. AMLO supo de esta injusticia, que francamente es una descarada discriminación y se hizo lolo. Dejó que el problema siguiera.

Ese dejar hacer transas y fechorías, que López Obrador hubiera podido frenar y no lo hizo, permitió que la delincuencia creciera, se fortificara y se reprodujera: era fácil, (y sigue siendo), cometer un crimen y quedar impune porque bastaba con “mocharse” con la policía y todos contentos.

Lo que AMLO nunca pensó ni vislumbró fue que, al permitir esa alianza entre policías y delincuencia, esta última pudo hacerse de los recursos económicos que le han permitido comprar mejor armamento y ser más letal en sus fechorías. De hecho, a estas alturas del partido ya la mayoría de las bandas delincuenciales tienen mejores pistolas, fusiles, granadas y demás que la policía. E incluso que el Ejército, tal y como quedó demostrado ya en las acciones del grupo Jalisco Nueva Generación.

Conclusión: no podemos creerle a AMLO que va a luchar contra la corrupción y mucho menos contra “la mafia del poder” de la cual, La Hermandad es la rama más pública y nauseabunda de las mafias del gobierno mexicano. Porque además, al menos en el caso de los capitalinos, todo mundo sabe que existe. Y que el Gobierno no hace nada por acabarla. Vivimos ya, en México, una guerra civil en el que un grupo de rebeldes, los delincuentes en sociedad con las policías, se tiran balazos, granadas, ráfagas de ametralladora y hasta cañonazos unos contra otros. Y a menudo contra la ciudadanía que ha quedado atrapada entre ambos fuegos.

Y todo por la indolencia y cobardía de López Obrador. Quien, aún así, insiste en ser Presidente de México.

Por Antonio Delius

delius.elpublicista@gmail.com

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