Las demostradoras y promotoras, en autoservicios, son las grandes damnificadas por la pandemia: se trata de más de un millón de empleos

Hace ya algunos años fui a la tienda de autoservicio más cercano a mi casa con el objetivo de comprar la comida de mi perro. Y al llegar frente al anaquel me abordó un joven, vestido con una bata de doctor, quien me asesoró sobre cuál era el alimento más adecuado para un french poodle, hembra, de mediana edad. Me aconsejó tan bien y con tanta autoridad, que le hice la plática y me confesó que él era pasante de medicina veterinaria, que se ayudaba en sus estudios trabajando como promotor de Purina los fines de semana.

A partir de ahí me di cuenta que esos trabajadores no son empleados del autoservicio comunes y corrientes sino gente notoriamente por arriba de ese nivel, muy útiles para la decisión de compra.

Desde entonces confié en ellos. Hasta que, desde abril pasado, prácticamente desaparecieron de los autoservicios. Y sentí inquietud, ya que se trata de un sector de trabajadores por demás importante para la mercadotecnia de este país: conforme a las más recientes estadísticas de AMAPRO, laboran en esa especialidad más de un millón de personas, en su mayoría jefes de familia, de sexo femenino más o menos en un 80%.

El caso de Cinthia es por demás ilustrativo: concluyó sus estudios de secundaria y al poco tiempo se casó. Gracias a que siempre le gustó la materia de corte y confección continuó en su hogar ofreciendo a sus vecinos servicios de ese tipo. Así, cuando su marido la abandonó junto con sus dos hijos, Cinthia buscó aquí y allá… hasta que encontró trabajo como demostradora de una marca de máquinas de coser.

“A mí me dieron una muy buena capacitación por lo que, más que demostradora, puedo presumir que soy vendedora. Yo les enseño a los clientes a usar nuestras máquinas y los dejo bien preparados en la materia. La agencia que me contrató supo aprovechar mi vocación de costurera y me puso en algo que me gusta. Y en donde llevo ya seis años: gano mis buenos pesos y obtengo también bonos extras por mi buen desempeño… ¡hasta ya he ganado varios concursos de ventas! Con lo así ganado he salido adelante con mis dos hijos, que ya van, uno en preparatoria y otro a la universidad”, nos comenta la señora, a quien, dice, no le da pena confesar que tiene 49 años.

Esa es una de las sorpresas que nos encontramos al hacer el presente reportaje: por comentarios de diversos conocidos –y conforme a la composición demográfica del país- suponíamos que la demostradora y/o promotora era una profesión de jovencitas de 20 a 30 años. Y no es así. Desde luego que hay chicas, pero la mayoría solo están un tiempo ahí y luego se van porque se casan. Y después, cuando se divorcian, retornan a la actividad “porque es fácil conseguir trabajo, pagan bien, (si una hace las cosas correctas) y no ponen tanto pero con la edad: yo conozco una compañera que ya tiene 62 años y le va de maravilla”, nos dice María Elena, otra de nuestras entrevistadas, quien a sus 40 años se ufana de llevar ya 24 en esa especialidad: empezó a los 16, tuvo un paréntesis en su vida en la que tuvo a sus tres hijos, (que ahora tienen 7, 5 y 3 años) y luego, cuando el marido la abandonó, regresó a la promotoría con la que se gana la vida.

“Yo solo estudié la secundaria, pero aquí me han capacitado tan bien, que ahora hasta puedo presumir de ser asesora en nutrición, con especialidad en diabetes: los clientes siempre me dicen que quedan muy contentos con mis consejos”, nos dice María Elena.

Todas nuestras entrevistadas, que no fueron pocas, coincidieron en señalar que si bien el trabajo de demostradora es atractivo y relativamente fácil, para desempeñarlo hay que tener vocación: “le debe a uno gustar el trato con la gente porque ahora, más que promotoras, somos ya vendedoras. Incluso así nos califican. Y hay que saber llevarla: porque hay que caerle bien desde la policía de la puerta y al personal de la tienda, hasta el gerente de la misma, que luego hay unos que son bien encajosos y te ponen a hacer cosas que no te corresponden. Porque si una se pone sus moños, corre el riesgo de que la corran de la tienda”, dice Lupita, terciando en la conversación. Ella es una morena de 48 años de edad, con 25 de experiencia en el rubro de alimentos: ha trabajado prácticamente para todas las principales marcas de artículos de primera necesidad que concurren al mercado mexicano y se muestra más que satisfecha con lo que ha logrado: “ahora, en tres días de un fin de semana, me gano lo que otras, en otros trabajos, no sacan ni en una semana. Si a eso le sumamos los bonos y los premios, incluso a veces me va mejor que a mi marido, que es obrero especializado”, agrega Lupita. El suyo, dentro de su actividad, es un caso que representa a una minoría ya que, como ya dijimos, la gran mayoría de las promotoras y demostradoras en México son madres solteras.

Otra excepción, dentro de la muestra de entrevistadas para este reportaje, lo constituye Brayan, (nos aclara que así se escribe su nombre, ahora sí que sic), caballero de 35 años, con estudios de preparatoria terminada, casado felizmente y con hijo de un año, quien nos dice: “yo soy vendedor porque antes trabajé de lo mismo y ahora me dedico a promover equipos de purificación de agua en el punto de venta. Se trata de un producto difícil de vender porque es agua, agua: el cliente debe traer sus botellas a rellenar. Pero una vez que se convence se vuelve un comprador cautivo: me costó trabajo, pero ya me hice de mi clientela y ya hasta gané varios concursos de ventas con sus respectivos bonos”, nos dice Brayan feliz de la vida. Él resultó, si así se puede decir, de los menos perjudicados por la pandemia: solo descansó un mes. Y es, también, una excepción ya que cuenta con estudios terminados de preparatoria: “me estoy animando a seguir estudiando y, ahora que empiece el nuevo ciclo escolar, me voy a inscribir; voy a estudiar administración de empresas”.

Conforme a los datos de la misma AMAPRO, se retiraron a las promotoras y demostradoras del punto desde marzo del 2020 lo que les ha significado importantes mermas en sus ingresos: “pero está claro que no podemos dejar de trabajar porque el día que no lo hagamos ese día no comemos. Así que, mientras esperamos que regrese la normalidad, todas hacemos otros trabajitos”.

El millón de empleos paralizados que ha ocasionado la pandemia habría que añadir otro serio problema para la sociedad mexicana en general: el sector, como ya señalamos conforma un grupo de vendedores, podríamos decir que incluso calificado, cuya labor es esencial, ellos hacen posible que las mercancías se desplacen de la tienda y del anaquel dentro de un plazo determinado y antes de que se caduquen. Si, como nos estamos imaginando, por la misma pandemia sucedió que muchos productos perecederos se atoraron y no se pudieron vender, ello significa otro serio problema para la cadena productiva en México. Y viene a confirmar nuestra convicción de que el Gobierno hizo un pésimo manejo de la crisis sanitaria: salimos tarde, continuamos mal, seguimos mal. Tanto que, además la crisis se volvió también económica.

Al momento de escribir esta nota el número de muertos por coronavirus en México llegaba ya a 73 mil personas. Y contando: más los que se acumulen esta semana.

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