Al momento de escribir esta columna la comidilla de radio pasillo es la noticia que Liverpool, La Costeña y L’Oreal están viendo ya diferentes propuestas para asignar sus cuentas de manejo de medios a una nueva agencia de ese tipo.

Lo triste del caso, y nótese que digo triste, es que dichos mega-anunciantes son, los tres, todavía clientes de Havas Media, agencia en la que nos consta, Patricia Molina ha hecho hasta lo imposible por rescatar un barco que, por lo que se ve, ya hace agua por todos lados.

Así lo dejó Sylvaine Chevalier porque ese corporativo le permitió hacer fechoría y media durante mucho tiempo: deberían de haberlo destituido del cargo de director general de esa agencia y aplicado el 33 antes de que hubiera hecho tanto daño no sólo a Havas, sino a toda la publicidad mexicana.

Porque los medios son, a fin de cuentas, medios, de comunicación que se encargan de llevar y traer todo tipo de información, buena y mala, entre todo el mundo. Incluso entre los anunciantes que ahora, como consecuencia de tantas transas, ya desconfían, de entrada, de todas las agencias de medios.

Sylvaine y muchos otros como él pensaron que nadie se iba a enterar de las componendas que harían en lo oscurito con algunos medios… solo que fueron estos, ellos mismos, quienes se encargaron de balconear a los truhanes que los extorsionaban. Porque, sin excepción, lo que empieza siendo soborno, en cuanto a contratación de medios se refiere, termina en extorsión. Que se puede dar en ambos sentidos.

Lo malo de todo, insisto, es que es la publicidad misma, en esencia y en lo general, la que ahora está pagando los platos rotos por tanto maleante ya que, lo que nos faltaba, viene ahora en la forma en que, cada día, los clientes quieren pagar menos y menos honorarios a las agencias de publicidad, creativos o de medios, por su trabajo. ¿Qué vamos a hacer?

Urge que todas las asociaciones profesionales metidas en el ajo se pongan a trabajar para tratar de componer las cosas: la gente honrada no puede seguir penando por la culpa de unos cuantos malandrines.

Y, para empezar, que las agencias de medios transparenten la forma en que le cobran a sus clientes. Y, si creen que hay que exhibir a alguien, sólo avísenme: a mí me encanta.