No tengo nada en contra de la costumbre de que, cuando una gran persona fallece, se publiquen esquelas, se escriban obituarios o digan misa y muchas otras tradiciones que se agradecen. Pero creo también que, además, unos a otros deberíamos de platicar las cosas buenas que le conocimos al difunto a fin de que los demás le reconozcan con sus méritos.

Bajo ese punto de vista –y con la venia de mis adorados lectores- procedo a narrar una anécdota, hasta ahora desconocida de Don Lorenzo Servitje. Justo en 1990 era yo un publicista de tiempo completo. Puede que hasta más, ya que trabajaba un promedio de 19 horas diarias de lunes a sábados. Y no me iba mal. Tanto que un amigo me hizo favor de recomendarme con el presidente del Grupo Bimbo “quiere encargarte un proyecto especial”.

Cosa que halagó mi vanidad y me hizo llegar, temeroso pero puntual, a una cita que se llevó a cabo una soleada mañana de verano, en una antigua residencia de la colonia Guadalupe Insurgentes.

Ahí, en una inmensa sala de juntas, Don Lorenzo me planteó la idea: “usted sabe que hay una multitud de órdenes religiosas, como las Carmelitas Descalzas, los Jesuitas, las Hermanas de la Caridad y muchas, muchas más. Todas de las cuales viven de la caridad y requieren de fondos para cumplir con su labor social a favor de los necesitados de este país, (que también son muchísimos, usted lo sabe).

El proyecto es organizar una especie de expo, en donde cada orden tendrá su propio stand, para mostrar a los visitantes la obra de cada quien y sus alcances. Y que, ya después, el público dé su donativo a la obra que más le impacte.

Obvio, contaremos con una fuerte campaña de publicidad en TV, radio, exteriores y otros medios que ya han aceptado donarnos tiempo y espacio… ¿estaría usted dispuesto a encargarse de todo el proyecto, cobrando desde luego sus honorarios?”, concluyó de decirme Don Lorenzo.

Huelga decir que ya por poco me desmayo, porque aquilaté la oportunidad en todo su resplandor, y respondí que sí, sí, sí. Y me despedí de ahí jurando guardar el secreto hasta que no se hiciera público y me llamaran para lo mismo.

Y al final no se hizo nada. Eran los tiempos en los que el PRI aún gobernaba al país con completa hipocresía y los jerarcas de ese partido no juzgaron conveniente que la iglesia mexicana hiciera tal demostración de fuerza. Y yo me la pelé.

Me quedé como el perro del carnicero pero atesoré una gran lección: que la creatividad, cuando se nace con ella, como Don Lorenzo Servitje, es un don de Dios que nunca se pierde. Y lo que es más: se acrecienta al paso de los años. Eso, para mí, ha sido una de las más grandes lecciones que he recibido a lo largo de mi vida profesional. Y miren que ya tengo mis años.